
El Mito de las Almas Gemelas
Afistófanes, poeta cómico griego, contemporáneo de Sócrates, afirmó que en el comienzo los hombres eran dobles, con dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas.
Esos seres mitológicos eran llamados andróginos.
Los andróginos podían tener el mismo sexo en las dos mitades, o ser hombre en una mitad o mujer en la otra.
Bien, todo eso creó Aristófanes para explicar el origen y la importancia del amor.
El mito habla que los andróginos eran muy poderosos y querían conquistar el Olimpo de los dioses, y para eso construyeron una gigantesca torre. Los dioses, con la intuición de preservar su poder, decidieron castigar a aquellas criaturas orgullosas dividiéndolas en dos, creando, así, los hombres y las mujeres.
Según el mito, es por eso que hombres y mujeres vagan infelices, desde entonces, en busca de su mitad perdida.
Intentan muchas mitades, sin encontrar jamás la suya.
La parte del mito sobre el origen de la humanidad se perdió a lo largo de las eras, pero la idea de que el hombre es un ser incompleto, en su esencia, perdura hasta hoy.
Tal vez sea en función de eso que el ser humano busca, incesantemente, a su alma gemela para llenar su carencia afectiva.
Aunque el romanticismo haya sustentado ese mito por milenios, y muchos de nosotros deseemos que exista nuestra mitad eterna, es preciso reflexionar sobre esto a la luz de la razón.
Si fuésemos seres incompletos, perderíamos nuestra individualidad. Seríamos un espíritu por la mitad, y no podríamos progresar, conquistar virtudes, ser feliz, a menos que nuestra otra mitad se juntase a nosotros.
Es cierto que vamos a encontrar a muchas personas en la faz de la Tierra con las cuales tendremos muchas cosas en común, pero no seres enteros, y no por la mitad.
Lo que ocurre es que, cuando convivimos con una persona con la cual tenemos afinidad, deseamos retenerla para siempre a nuestro lado.
Hasta ahí no habría ningún inconveniente, pero ocurre que generalmente deseamos fundirnos en un sola criatura, como los andróginos del mito.
Y en ese intento de fusión es cuando surge la confusión, pues ninguna de las mitades quiere dar a torcer su mano en su forma de ser. Generalmente intentamos cambiar al otro a nuestro gusto, violentándole la individualidad.
El respeto al otro, la aceptación de la persona del modo que ella es, sin duda es la garantía de una buena relación.
Así, la relación entre dos enteros es mucho mejor que entre dos mitades.
Las diferencias son las que dan la tónica de las relaciones saludables, pues si pensásemos de manera idéntica a la de nuestro par, en todos los aspectos, no tendríamos una vida de dos.
Las personas con ideas diferentes tienen gran oportunidad de crecimiento mutuo, sin que una quiera que el otro se modifique para que se transforme en uno sólo.
Así, vale pensar que aunque el romanticismo esté presente en novelas, películas, piezas teatrales, indicando que la felicidad sólo es posible cuando dos mitades se funden, esa no es la realidad.
Todos somos espíritus enteros, a camino del perfeccionamiento integral. No sería justo que nuestros esfuerzos por conquistar virtudes fuese en vano, por depender de otra criatura que no sabemos ni si tiene interés en perfeccionarse.
Por todas esas razones, crea tu no necesitas de otra mitad para ser feliz.
Lucha para construir en la propia alma un rincón de paz, de alegría, de armonía y seguridad, como espíritu entero que eres.
Sólo así tendrás más para ofrecer a quien quiera que encuentres por el camino, con su individualidad preservada y con el debido respeto a la individualidad del otro
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